jueves, 1 de diciembre de 2016

¿Qué es la iconografía?





La iconografía en México


Introducción a la Iconografía Cristiana


Desde finales de la Antigüedad y a lo largo de toda la Edad Media la palabra expresó su sentido por medio de un repertorio de imágenes religiosas que se fue progresivamente enriqueciendo. Durante siglos, los lenguajes escrito y visual caminaron de la mano, conformando una parte importante de la vida de la sociedad y configurando un corpus de representaciones artísticas que conferirán a las imágenes paganas un nuevo significado cristiano. Esta iconografía paleocristiana se encuentra en la base de la iconografía medieval, que recogió a su vez las imágenes heredadas de la Antigüedad dotadas de un sentido cristológico por las primitivas comunidades, creando otras nuevas. 


El ámbito de representación del arte paleocristiano es fundamentalmente funerario. Las paredes y techos de las catacumbas así como los frontales de los sarcófagos constituyen los soportes privilegiados para plasmar el nuevo lenguaje, difusor de un mensaje de fe y esperanza en la vida eterna. Los sepulcros se emplazaron en las cercanías de un cuerpo santo, buscando su intervención en favor de los difuntos. Del mismo modo, la iconografía se centrará en la transmisión de la idea de la Salvación de las almas, por lo que se dará preferencia a la imagen simbólica de Cristo como Redentor de la humanidad y a aquellos episodios bíblicos que anuncien la bienaventuranza eterna. 
Sinagoga de Dura Europos

La tardía aparición de la imagen cristiana. Los ejemplos más antiguos de pinturas encontrados en las catacumbas datan aproximadamente del año 200 d.C. y constituyen, junto a los frescos de Dura Europos, las primeras imágenes conocidas del cristianismo. Resulta extraño que transcurra más de siglo y medio entre la propagación de la nueva doctrina cristiana y sus primeras manifestaciones en las artes. Como causa de esta demora se ha argumentado la situación de clandestinidad, controversias heréticas y diseminación en que se encontraban las primitivas comunidades cristianas, en su mayoría de reducido tamaño y humilde condición. Durante el siglo I la predicación del cristianismo se realizaba por las calles o en lugares públicos, como el templo o las sinagogas de los judíos, reservándose el culto para el interior de los hogares. Al oponerse su fe a la religión oficial del Estado romano, los cristianos se vieron además sometidos a persecuciones, iniciadas por Nerón y agravadas en el siglo III. Pero a esta realidad poco favorable se contrapone la existencia paralela de familias patricias convertidas al cristianismo, que tampoco impulsaron la plasmación de sus creencias en imágenes, contraviniendo sus propias raíces culturales paganas, posiblemente en un intento por evitar la degradación popular de los elevados dogmas teóricos. Sólo tenemos constancia hasta la fecha de algunos ejemplos de prácticas aisladas de veneración a objetos e imágenes cultuales primitivas, que se mantuvieron en el ámbito de lo doméstico.

La justificación más comúnmente aceptada a la ausencia secular de testimonios artísticos sería la fuerte tradición iconoclasta judía (Éxodo). Asimismo, los escritos de comienzos del cristianismo rechazan de manera unánime y tajante cualquier veneración de los fieles a las imágenes, cuyo culto conduce indefectiblemente a la idolatría.


San Clemente de Alejandría
Caso señero es el de Clemente de Alejandría, cabeza de la Iglesia de dicha ciudad desde finales del siglo II d.C., que condena la adoración de los ídolos por alejar al cristiano del camino virtuoso hacia la Salvación, dirigiéndose a los artistas en sus Misceláneas en estos duros términos: ¿Creéis acaso realmente que Dios necesita para existir de la materia y de vuestro arte? Dios no necesita nada ni a nadie; ni puede ser expresado por mano humana alguna. ¡Vuestro arte es incapaz de reproducir exactamente la luz del sol, y, pese a esto, osáis representar el espíritu invisible de Dios! 

Tertuliano
En esta misma línea se inscribe el tratado De Ídolo de su contemporáneo Tertuliano, prolífico y apasionado escritor de Cartago que se opone a los simulacros que constituyen a los ojos de Dios un adulterio de la verdad y atribuye al diablo la inspiración con la que los artistas crean las estatuas, cuyas formas pretenden competir con la belleza incorpórea de Dios, espíritu y luz. Esta férrea actitud condenatoria se extendía igualmente al culto a los mártires de las persecuciones. 



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